- ¿Me quieres?
- ¿Por qué siempre la misma pregunta?
- Porque nunca me lo dices; ¿por qué no me lo dices?
- Para que no te acostumbres.
- ¿Es malo acostumbrarse a un “te quiero”?
- Es peligroso.
- ¡Peligroso!, ¡¿por qué?!
- Bueno, basta por hoy.
Él no le decía aquello que tanto ansiaba escuchar…
Y pasó el tiempo…,
y ella murió…
Y él comenzó a llevarle flores…
Cada día de cada cumpleaños incumplido
le dejaba margaritas blancas que deshojaba el viento:
pétalos sorteando a un mármol tatuado:
me quieres,
no me quieres…









